Retrato de uno mismo y de una época. «Cuerpos divinos», la novela inacabada del autor de «Tres tristes tigres», recoge la vida de una sociedad y el desengaño de una idea que ilusionó.
Está escrito a mano en una antigua fotografía. «En los días terribles, en el desencanto». Casi desde el inicio, con la anticipación de los peores augurios, Guillermo Cabrera Infante intuyó que detrás de esa revolución que había empujado al pueblo cubano a las calles aguardaba un rostro que todavía no había visto nadie. «Un amigo me reconoció que él fue uno de los primeros en indicar que esto iba a ser un horror», comenta Miriam Gómez, viuda del novelista. El germen de aquella temprana desilusión prosperó más tarde en un manuscrito que jamás remataría y que retocaría con dolor y obsesión a lo largo de décadas sin encontrarle el definitivo punto y final. «Tenemos las primeras nueve páginas que escribió a mano –revela Toni Munné, que dirige las obras completas del escritor–. Las páginas conservan el membrete del municipio de Bélgica en el que residió con su mujer cuando sale como agregado cultural de la Embajada cubana. Trabajó durante toda su vida en esa redacción. Cuando le preguntabas qué escribía, respondía siempre con el mismo título». Galaxia Gutenberg lo publica ahora: «Cuerpos divinos». Una obra que comienza en 1958, termina en 1962 y es algo más que una ficción «Es un libro muy necesario para el pueblo de Cuba. La historia en la isla se ha cambiado por entero hasta en las cosas más aparentemente sencillas. Cuenta lo que nos pasó a los cubanos. Es un libro sobre la traición. Todos son traicionados aquí. Hasta los amigos. Enseña cómo una familia se quedó con el país entero y cambió la memoria histórica», comenta Miriam.
Una memoria olvidada
Seiscientas páginas de una obra que pretendía ser una novela y que, contra los pronósticos más sutiles, se convirtió en una «autobiografía velada». Aunque también en el retrato de una sociedad que se dirigía hacia el abismo de las armas para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista sin prever lo que vendría después. «Hoy hasta los jóvenes más inteligentes tienen que vencer el adoctrinamiento que han recibido», prosigue ella. Aporta dos ejemplos que emanan de este título: «Aparecen durante un momento dos personajes muy importantes que pocos recordarán allá. William Morgan, un norteamericano al que se ha borrado de la historia de Cuba. Era uno de los héroes más queridos junto a Camilo Cienfuegos. Vino a pelear por Cuba, pero no apoyó la dictadura que vino después. El otro es Plinio, que fue compañero de Guillerno en la cinemateca y que luego se revolvió contra el comunismo», continúa Miriam.
La novela permanecía en el legado que el escritor dejó al fallecer en 2005. Una herencia en la que todavía quedan muchas páginas que desenterrar. «Lo mismo que publicó sobre cine es lo que hay inédito –explica Munné–. Hay artículos de la época en la que escribía en “Carteles”. Queda también una entrevista con Marlon Brando y otra muy larga, como de cuarenta o cincuenta folios, con John Cassavetes. Hay algunos que están firmados por G. Caín (seudónimo que utilizó para seguir haciendo crítica) y otros con su nombre que se publicaron durante su estancia en Inglaterra. Hay tanto que el primer volumen de las obras completas se convertirá en dos libros dedicados al cine», comenta Munné, que cuenta que todavía quedan dos carpetas más llenas de material de Cabrera Infante, pero que desconoce «el estado en el que están».
El peso de la política
En «Cuerpos divinos» hay confesiones sexuales –«mucho sexo», dice Miriam–, amigos que ya no están y ese desencanto político. «Era apolítico. La política aplastó a Guillermo desde niño. Contempló cómo sus padres, que eran comunistas, eran arrestados y cómo por contribuir en la revolución se dio paso a esta monstruosidad», afirma su mujer. Ella hace una defensa de su marido como un hombre provisto de ideas, pero desprovisto de suscripciones partidistas. «Él era sobre todo un humanista. Creía que la obligación de un partido era hacer que sus pueblos fueran felices, que tuviera libertad y pudieran vivir en paz. Pero es aplastado por el comunismo. Él estaba contra Batista. Por lo que él luchó era por la democracia, por eso apoyó a diferentes grupos, pero lo que vino después no fue precisamente eso». Miriam, que reconoce que «me encantaría que los cubanos leyeran este libro», comenta el pesimismo de esta novela: «Como en las películas, hemos incluido al final lo que ocurre con las personas que aparecen». La nota deja sin voz. Siete de ellos se suicidaron, otro acabó alcoholizado en el exilio. Miriam menciona el disgusto que le provocó que editaran un cuento de su marido en Cuba sin su permiso: «Cuando mi agente se puso en contacto con ellos, se justificaron argumentando que Guillermo era cubano y, por tanto, patrimonio nacional. No me opongo a que se le lea allí. Pero en los ejemplares que yo edite. Si quieren se los mando y hasta pago el envío».
Todos los sueños pasan
Cabrera Infante «no sólo era un escritor de ficción, era también un pensador y se dio cuenta de que todos los sueños pasan. Como intelectual comprendió que la revolución era todo lo que había pasado antes. Era toda esa gente que salió a luchar por la democracia, las personas que se movilizaron. Luego vio cómo los políticos empiezan a influir y todo comienza a ser propaganda». Miriam Gómez esboza con estas palabras el rostro ideológico del escritor. «El problema era Batista, que rompió la Constitución, pero después llegó todo esto, y entendió el error en el que había participado». Durante sus viajes con Fidel Castro (en la imagen, junto a Camilo Cienfuegos y otros revolucionarios) a través de Cuba comprendió que nada iba a cambiar. El desencanto comenzaba a fraguarse en su interior. Un sentimiento que transformó en literatura y en una tristeza que se llevó consigo al partir definitivamente de la isla.
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